lunes, 20 de abril de 2015

Tierras lejanas: Saga "La caída de los reinos", de Morgan Rhodes.



Título: La caída de los reinos & La primavera de los rebeldes (Saga La caída de los reinos).
Autora: Morgan Rhodes.
Año de publicación: 2013 −Caída− y 2014 −Primavera−.
Número de páginas: 432 −Caída− y 448 −Primavera−.
Editorial: SM y Cruïlla.




La fantasía es mi género predilecto, sin duda alguna. Mis estanterías están repletas de novelas de aventuras con toques mitológicos, folclóricos y fantasiosos. Es por ese motivo que cuando hace dos años conocí la existencia de esta saga −que acababa de salir−, me lancé enseguida a por ella. Es probable que muchos la conozcáis, pues la primera parte llegó haciendo ruido a nuestro país. La editorial SM, la encargada en publicarla, se encargó de hacerle una gran promoción con aquel reto entre bloggers donde cada uno establecía la competencia que la editorial dictaminó en representación de uno de los tres territorios de Mytica, región ficticia en la que suceden los hechos de la novela. Al año siguiente leí la segunda parte con muchas ganas, pues la primera me dejó un buen sabor de boca. La segunda también me gustó mucho y como hace casi dos semanas que salió la tercera parte al fin −la cual pienso conseguir durante esta próxima díada de Sant Jordi− decidí realizar una reseña múltiple de ambas novelas. Allí vamos.

Mapa sin localizaciones.
La caída de los reinos nos sitúa en la tierra de Mytica, una región similar a una isla de proporciones desmedidas que se encuentra fragmentada en «tres» reinos, y digo tres entre comillas porque hay uno en concreto que para mí no lo es, pues no está gobernado por ningún monarca. Estos «tres» reinos responden a los nombres de Auranos, Paelsia y Limeros. Auranos es de los tres el lugar más apetecible, rico en vegetación y con un clima espléndido, siempre primaveral-veraniego y con unos recursos envidiables, gobernado por el rey Corvin Bellos. Paelsia es la región central, el lugar más pobre de toda Mytica. Allí la mayoría son jornaleros con unas condiciones de vida pésimas, todos más pobres que las ratas. Cada día muere mucha gente por falta de alimentos o agotamiento físico por los duros trabajos que tienen que llevar a cabo para sobrevivir bajo las falsas esperanzas que les proporciona el caudillo Basilius, gobernador del lugar. Limeros es el último de todos, y es la tierra del frío, donde casi siempre es invierno −¿Alguien ha dicho Invernalia?− y el clima es frío como el corazón de sus habitantes −a excepción de una muchacha de la que pronto hablaré− cuyo destino se encuentra en las manos del rey Gaius Damora, un ser cruel, despiadado y ambicioso. Pero la geografía no lo es todo en Mytica, pues esta posee un par de rasgos muy distintivos: uno de ellos es su dogma, que dictamina la existencia de dos diosas, Cleiona, diosa del fuego y el viento, adorada en Auranos −aunque sus habitantes ignoren bastante el clero− y Valoria, diosa del agua y la tierra, adorada en Limeros. Paelsia, nuevamente, se diferencia de las otros dos al no presentar ningún culto. El otro es lo que se esconde en este mágico lugar.

Reino de Auranos.
Cuenta la leyenda que ambas diosas lucharon hasta destruirse la una a la otra. Tras el enfrentamiento, nacieron los vástagos, cuatro joyas-piedras que encierran cada una un poder elemental que se dispersaron por toda Mytca −aunque se sospecha que se deben encontrar en Auranos, motivo por el cual el reino es tan próspero y rico− muchos siglos atrás. Con el tiempo esto se convirtió en leyenda y muchos dejaron de creer la existencia de los vástagos, a excepción, claro está, de aquellos que creen en la profecía que dicta que una joven hechicera será la encargada de hacer regresar el equilibrio a Mytca, pues la magia se está agotando tanto que incluso los Vigías, unos seres inmortales que habitan en una región espiritual fuera del alcance terrenal denominada Santuario, corren peligro. La magia debe regresar a Mytca pronto o sino, algo fatal sucederá −sospechosamente muy parecido al videojuego de Golden Sun−..

Región de Paelsia.
Esta es, a grandes rasgos, la historia del mundo creado por Morgan Rhodes. Partiendo de esto, nos situamos en el tiempo presente de la narración y seremos testigos, muy pronto, de cómo el desastre se desatará sobre Mytica. Las tensiones son muy altas, pero tras el asesinato de un paelsiano a manos de un auriano, el conflicto se desatará. El rey Gaius, que anda tras los vástagos, aprovechará el rencor de los paelsianos para con los aurianos y pactará una alianza con Basilius, el caudillo, para enfrentarse a Auranos y, así, obtener los vástagos y el control sobre toda Mytica. En medio de esta guerra sucederán muchas cosas y sus actos afectarán sobre manera a los cinco protagonistas: Cleiona Bellos −Cleo para los amigos−, la bella princesa de Auranos; Jonás Agallón, joven paelsiano y hermano de Tomás, el muchacho asesinado al inicio de la novela que pasará a ser el hombre de confianza de Basilius que recela plenamente del rey Gaius y de los objetivos de sus planes. En Limeros estarán Magnus y Lucía Damora, príncipes del lugar. Lucía es una joven dulce y tierna, cariñosa y querida por todos −la aludida al principio−, muy opuesta a su hermano Magnus, frío y serio con una especie de relación de amor-odio con su padre, con quien acabará pareciéndose más de lo que cree. Por último encontraremos a Alexius, uno de los vigías más jóvenes del que poco puedo decir, pues sería bastante spoiler.

La novela está narrada en tercera persona, siempre desde la perspectiva de uno de estros cinco personajes, a partir de quienes conoceremos todo lo sucedido. Junto a ellos encontraremos un amplio abanico de personajes compuesto por familiares y amigos en quienes nuestros protagonistas deberán apoyarse, como es el caso de Emilia para Cleo, su hermana mayor, así como sus íntimos amigos Nic y Mira, su guardia personal Theon u el odioso Aron Lagaris, su prometido. Jonás siempre tendrá el apoyo de Brion, su mejor amigo y fiel compañero, y así sucesivamente.


El reino de Gaius, Limeros.
Esta primera parte es bastante introductoria y lo que más importa en ella son las relaciones que entre los personajes se van hilando en casi todas sus páginas. No obstante, eso no impide la cabida de una espectacular batalla y un desenlace de infarto que te deja con ganas de más.


Morgan Rhodes.
En La primavera de los rebeldes nos encontramos con la historia justo al poco tiempo en el que concluyó la primera parte. Aquí aparecerán nuevos personajes, destacando por encima de todos a Lysandra, una chica que parece un plagio de la genial y querida Katniss Everdeen de Los juegos del hambre, entre otros. En esta ocasión la narración, si bien continua empleando la tercera persona omnisciente, se extiende más allá de los protagonistas del libro anterior a otros como la propia Lysandra, Gaius, otros vigias además de Alexius, la reina Althea, Nic, entre otros. Teniendo en cuenta que puede haber lectores que no han leído la primera parte todavía, no voy a referir aquí nada sobre la trama, para no quitaros la sorpresa. Esta segunda parte me gustó más que la primera −la cual me enganchó mucho, pues me la leí en solo dos días− ya que la historia avanza considerablemente. El tema de los vástagos sigue siendo aquí algo bastante ambiguo y las relaciones entre los personajes se vuelven más sólidas y férreas, modificando algunas −odio-amor y viceversa, conocidos-amistad, etc− que permite explorar mejor la profanidad de los personajes. Sin duda alguna mi favorito es Jonás por su carácter luchador y por las desgracias que lo rodean. Resulta imposible no sentir empatía por él. Además es un guerrero nato y nos brinda muchas escenas impactantes y la evolución de sus sentimientos e ideología resulta fascinante. Tras él me quedo con Cleo, cuya progresión de mimada a idealista, rebelde y luchadora también está muy bien llevada y resulta inevitable quererla, aunque a algunos pueda no parecérselo así. Lysandra también me gusta mucho a pesar de la poca originalidad que la rodea al imitar descaradamente a Katniss −arco, trenza y rebelde− o el propio Nic. Lucía me cae bien y ya, no es un personaje del que tenga mucho que decir. Y con respecto a Magnus y Gaius, los odio. Me dan ASCO. No los soporto. Esa crueldad gratuita que se gastan ambos es… horrible. Magnus por lo menos llega a hacer algo en el segundo libro −aunque creo que no le correspondía a él hacerlo− que dices olé. Pero eso no le salva. Sinceramente, no sé con que me encontraré con ellos en los otros dos libros de la saga, pero espero que ambos la palmen. Que horribles son, por Dios. Me hacían arder bilis de una forma descomunal, aunque están a años luz de despertarme lo mismo que me provocaban Big Jim y Junior en La Cúpula. Y hablando de eso, en este libro os asombrareis con la cantidad de muertes que hay. La autora es muy fan de Juego de Tronos y así lo demuestra tanto en ambientación como en el tema de las muertes, pues en un abrir y cerrar de ojos la van cayendo un sinfín de personajes. Ojo con quien os encariñáis, porque Rhodes se gasta mucha sangre fría. Yo temo pos los míos y espero y deseo que no me los toque.


En definitiva, os recomiendo su lectura si sois amantes de la fantasía con cierto toque medieval y de misticismo. A mí no me defraudó y estoy desando leer ya la tercera parte, El abrazo de las tinieblas, que reseñaré en cuanto pueda leer −que será allá por junio probablemente.−



lunes, 13 de abril de 2015

¿Fantasmas, nazis o tu cara me suena?: Entre los muros de Crickley Hall, de James Herbert.

Título: Entre los muros de Crickley Hall.
Autor: James Herbert.
Año: 2006 (original) y 2012 (España).
Editorial: PLAZA & JANÉS.
Páginas: 608.


Para todos aquellos que me rodean no es ningún secreto que siento una gran debilidad y entusiasmo por el género de terror. Me encanta, disfruto mucho con las películas, series y novelas del género, aunque si bien siempre he creído que el terror suele funcionar mucho mejor en los medios audiovisuales −pues en un texto suele convertirse en algo más misterioso que produce ciertas tensiones− y es por ello que he devorado producciones tenebrosas en todos sus formatos. Ello me ha llevado a saber distinguir una producción de terror de verdad de otra que lleva la etiqueta y que realmente no tiene nada o de las realmente buenas de las pasables a las malas. Es por ello que hoy voy a hablar de una novela de James Herbert, considerado el maestro del terror de Inglaterra, tratando de convertirse en lo que es actualmente King en América o lo que fueron Poe y Lovecraft en el pasado −o mejor dicho lo intentó, pues nos dejó hace un par de años−. La pregunta es… ¿Lo ha conseguido? No puedo ofrecer una respuesta a ello, pues esta es, hasta la fecha, la única novela que he leído de él, pero sin duda tengo intención de leer más de su corpus literario. Pero, eso sí, a pesar de que Entre los muros de Crickley Hall me gustó mucho y me hizo disfrutar de su lectura, hay que reconocer que la creación de Herbert no es un novelón, pues su esqueleto se vértebra sobre varios de los tópicos más comunes de una de las vertientes del género −en este caso el de las casas encantadas− muy típicos en especial de cine de sobremesa de serie B que vemos en televisión los sábados o domingos a las 16:00 de la tarde. Pero en fin, pongámonos en situación. ¿De que va Entre los muros de Crickley Hall?

Crickley Hall en la adaptación de la BBC.


Eve y Gabe según la miniserie.
La familia Caleig está devastada por un trágico suceso: el hijo más pequeño de Eve y Gabe desapareció hace ya un año. Eve lo llevó un día al parque tras una dura jornada laboral, por lo que, mientras su pequeño juega, ella decide relajarse un poco hasta que se duerme. Solo estuvo dormida unos diez minutos como máximo, pero eso dio el tiempo suficiente para que el pequeño Cam desapareciera del parque. Fuese secuestrado o no, el hecho es que Eve se siente incapaz de perdonarse a sí misma y durante un año entero ha movilizado los cuerpos de policía y los medios de comunicación para que encuentren a su hijo, pero nada surte efecto. En vista de tan penosos resultados, Gabe, que ya ha perdido la esperanza de que su hijo aparezca con vida −al contrario que su mujer− decide que lo mejor será trasladarse con su familia para pasar el aniversario de la perdida
de su hijo lejos de la ciudad aprovechando una oferta de trabajo en la pequeña localidad costera de Hollow Bay. Gabe y Eve junto a su perro y sus dos hijas, la prepúber Loren y la pequeña y tierna Cally se marchan hacía su nuevo hábitat, un antiguo caserón de tintes victorianos llamado Crickley Hall que esconde un oscuro y siniestro secreto tras sus muros, algo que muy pronto empezarán a comprender algunos de los miembros de los Caleig, pues es posible que ellos no sean los únicos habitantes de Crickley Hall…

James Herbert.
Ese es, a rasgos generales, el argumento de la novela. La obra de Herbert está narrada en tercera persona valiéndose de un narrador omnisciente, lo que nos permite conocer los pensamientos de todos los miembros de la familia y de algunos de los personajes con los que se encontrarán en la historia, como Lily Peel, la vidente, o Percy, el jardinero. Además de eso, la historia está dividida en dos líneas temporales: la de la actualidad con la familia Caleig y la del pasado de la pequeña mansión, que en tiempos de la Segunda Guerra Mundial fue una especie de orfanato/internado que acogía a huérfanos de guerra o a los hijos de los habitantes de Londres que, en vista de los posibles bombardeos que asolan la ciudad, envían allí a sus hijos para alejarlos del horror del conflicto bélico, Narnia. En este período de tiempo volveremos a ver a Percy cuando apenas era un veinteañero y a Nancy, una joven con una deformidad en uno de sus brazos que siempre trata de ocultar portando un chal encima de los hombros, cubriéndole media cintura y que será la profesora de los niños de Crickley Hall, que están, a su vez, tutelados por los hermanos Augustus y Magda Cribben, dos seres bastante misteriosos y crueles.
a lo

La novela está bien construida, pero peca de ser tremendamente tópica y estereotipada. A medida que las páginas iban desfilando ante mis ojos, podía reconocer todos los clichés que rodean las historias de casas encantadas. Todos ellos los he visto en diversos formatos bastantes veces, aunque es muy cierto que este tipo de novelas −o peliculas o series− suelen parecerse en extremo, diferenciándose solamente por la historia que esconde el nuevo hábitat en cuestión de los protagonistas, y a veces incluso estas son increíblemente parecidas. En el caso de Crickley Hall reconozco que la historia que envuelve el hogar de los Caleig es lo que le da fuerza a la novela, pues hasta ahora nunca había visto algo parecido en este tipo de historias y es lo que logra que, a pesar de los clichés, valga la pena leerla para pasar un buen rato, porque sigue sin ser realmente un novelón que destaque.

¿Por qué digo que la novela de James Herbert es tópica a más no poder? Pues por diversos aspectos que puedo comentar si necesidad de haceros spoilers ni de estropearos la trama. Vayamos a ver, queridos lectores: nos encontramos con esta familia en la que la mujer, Eve, afirma que su hijo sigue vivo, pues lo siente en su interior ya que el lazo que Cam y ella poseen es más fuerte de lo normal mientras que el marido no tiene ningún tipo de esperanza pero trata de callarse para no hundir más a su mujer, la cual es muy consciente de lo que piensa su marido. Mmm, me suena. La familia al completo se traslada a una pequeña localidad costera de Inglaterra en la que las cosas son blancas y en la que suele llover bastante, incluso en el momento en el que ellos llegan. Muy original. Al llegar deciden comprar comida y ciertos utensilios para llevárselos consigo a Crickley Hall. La gente parece bastante amable, ¿por qué no ir a comer y a refugiarnos a la típica taberna del lugar? ¡Claro, es obvio! Allí charlamos con la gente, qué simpáticos todos. La conversación se desenvuelve estupendamente bien hasta que llega la pregunta. Vamos a ver… ¿qué pregunta podrá ser…? ¡Ah, sí! ¿Dónde os vais a instalar? Pues en la oscura mansión alejada e incomunicada del pueblo, la cual lleva décadas vacía porque nadie la quiere y su precio en el mercado roza ya lo risible, pues la inmobiliaria está desesperada. Nuestro bonachones protagonistas responden y, veamos, ¿Qué podría suceder a continuación?... ¿qué podría suceder? ¿qué clase de pregunta es esa? ¡Es obvio que todos los presentes palidecerán, gemirán de sorpresa y luego, enmudecerán! La atmósfera del local se torna huraña e incómoda y, como no, Eve tiene que notarlo, porque claro, es la mujer y la mujer siempre es la que lo nota todo. La familia Caleig procede a instalarse en su nuevo hogar, ubicado en un espacio geográfico denominado La Garganta del Diablo. Un lugar muy apetecible para vivir e idóneo para que pasen cosas extrañas, ¿no? Qué va. Para nada. Y una vez allí, ¿qué creéis que pasará? Pues no sé, a ver… ¿Es posible que la casa huela muy mal, haga humedad, que la temperatura baje considerablemente de una estancia a otra y que por la noche se oigan pisadas en el ático, pasos descendentes por las escaleras y puertas que se abren cada dos por tres, como la del sótano que además tiene un pozo? ¡Pues , habéis acertado si pensabais eso! 

Las tres reacciones más habituales ante la lectura.


Venga va, que estamos en racha, a ver si seguimos aventurando que más puede pasar. ¿Eve, como la mujer, nota cosas raras y así se lo hace notar a su marido, que en ningún momento la cree y comienza a pensar que su mujer o está loca o la depresión la ha consumido? ¡Bingo! ¿Y qué sospecháis que hará ahora Eve? ¿Preguntarse con quien juega su pequeña Cally −por que claro, los pequeños siempre lo ven todo y no se asustan− o por qué su perro no quiere entrar en la casa y cuando lo obligan a hacerlo parece volverse loco de miedo? Pues hace ambas cosas. Eve querrá descubrir que sucede en ese hogar que parce inquietarlos a todos menos a su esposo, Gabe, que se hace bastante el loco. Y aquí es dónde entrarán Lily, la vidente y otros personajes como Percy o Gordon para tratar de ofrecerle a la atormentada Eve las respuestas del misterio de Crickley Hall, pues siente que fuese lo que fuese lo que ocurrió, esto podría traerle la respuesta sobre el paradero de su hijo. Oh, ¡pero que original es todo, por Dios!

Parece que la novela no me haya gustado al expresar esto, y todo lo contrario. Me gustó y disfruté con su lectura, pero hay que ser justos a la hora de reseñar y ofrecerle a la gente una opinión sincera. Recomiendo su lectura, pero no os penséis por ello que vais a hacer un descubrimiento impresionante. Nada más lejos de la realidad.

Crickley Hall en el pasado con una Nancy sin deformidad en
el brazo.
Para acabar, decir que la BBC realizó hará un par de años y algo casi tres, para Halloween, una adaptación en formato de miniserie de tres episodios de la novela de Herbert. El ambiente está muy logrado y las interpretaciones son bastante idénticas a las de sus personajes, sobre todo la de Eve −interpretada por Suranne Jones−, y muchos reconocerán a Maisie Williams, Arya Stark de Juego de Tronos en el papel de Loren o a Tom Ellis que figuró, entre otras, en Eastenders y en Once Upon a Time. Cada capítulo tiene una duración de aproximadamente una hora y la cosa empieza bastante bien. El primer episodio es muy fiel, realiza un par de cambios y elimina alguna cosa, pero el resultado es bastante bueno. En el segundo siguen bien pero la cosa empieza ya a desviarse y te deja con un sabor agridulce si te has leído el libro para, al final, inventarse todo lo que sucede en el tercer capítulo, haciendo una visión bastante más suave que lo que nos cuenta Herbert, sin duda mucho más perturbador y macabro, pues la novela contiene escenas bastante fuertes y chocantes, algunas visualmente buenas, pero en la adaptación o se suavizan o bien se suprimen directamente, como la deformidad del brazo de Nancy, que a pesar de insinuarla, ambas extremidades lucen estupendamente. El visionado al final no me gustó por esa serie de cambios trascendentales que hizo, así que no la recomiendo si se ha leído la novela con anterioridad.



lunes, 6 de abril de 2015

Mucho ruido y pocas nueces: El escándalo, de Pedro Antonio de Alarcón.



Título: El escándalo.
Autor: Pedro Antonio de Alarcón.
Año de publicación oríginal: 1875.
Editorial: Cátedra, reedición de 2013.
Páginas: 512.



Todo comenzó hace unos meses. Mi profesora de narrativa decimonónica nos ofreció una lista de varias novelas y, entre todos, deberíamos escoger las cuatro lecturas que trabajaríamos ese curso. Las novelas estaban estructuradas por etapas −inicio del Realismo, novela de tesis, novela naturalista y crisis del Realismo−. Lo más normal era escoger una de cada, por lo que ella nos habló de todas para que nosotros pudiéramos votar con conocimiento de causa. Entre las lecturas propuestas se encontraba El escándalo de Alarcón, dentro del segundo bloque. Nuestra instructora nos la vendió realmente bien, y es que el título ya de por sí prometía. La «venta» que nos hizo de ella fue bastante satisfactoria, pues nos prometió muchas cosas que luego no encontramos. Y es que El escándalo no solo se resume precisamente con «mucho ruido y pocas nueces», sino que, además, obtiene otra etiqueta casi similar, pero algo más peyorativa: Decepción, profunda decepción.

El escándalo se sitúa dentro de la ya aludida «novela de tesis», género que el mismo Alarcón inauguró en 1875 con la publicación de este texto. A lo largo de varios años vieron la luz muchas novelas de tesis de la mano de diversos autores, incluidos Galdós y Emilia Pardo Bazán, por citar a escritores ya conocidos en el blog. La novela de tesis es un género interesante, pues refleja la ideología de un autor con ciertos toques críticos y una lista de posibles soluciones para remediar el asunto sobre el que escribe. Sus orígenes fueron motivados sin duda alguna por los constantes cambios político-sociales que atravesó el país a lo largo del siglo XIX, desde el triunfo de la Revolución de La Gloriosa, pasando por la instauración de la Monarquía Democrática, la acatación de La Constitución por Amadeo I, la proclamación de la I República, la Restauración y los constantes choques con las instituciones religiosas iniciaron una vorágine de violencia y de alteración sociológica que alertó el espíritu de los intelectuales. En medio de este contexto, muchos de los autores más destacados publicaron una serie de obras expresando cada una distintos tipos de preocupaciones y la primera de ellas fue la que hoy nos ocupa.

Alarcón nació en el seno de una familia venida a menos y algo religiosa, pero sus pretensiones El escándalo. Y sí ya en él mismo esto resulta absolutamente incoherente, imaginaos en su novela…
Alarcón.
contrastaban con las de él, pues lo enviaron a un seminario −después de que tuviera que abandonar sus estudios universitarios debido a problemas ecónomicos− pero él pronto descubrió que aquello no iba con su persona, y es que Alarcón se definía asimismo como ateo, republicano y liberal. Dichos sentimientos le motivaron a participar en ciertas revueltas populares y pronto fue ampliamente conocido por esa faceta libertina y guerrillera, pero algo cambió. Alarcón fue retado a duelo por un hombre al que había ofendido públicamente y esto lo alteró hasta límites insospechados. Alarcón estaba seguro de que iba a morir, algo que él mismo confirmó cuando relató lo sucedido en el duelo, donde se le concedió el primer disparo que él erró bochornosamente. Su fin se acercaba, pero algo inesperado y «milagroso» ocurrió de pronto: su rival, su retador, se apiadó de él y le perdonó la vida. El suceso, ya de por sí incomprensible, desencadenó otro todavía más irreal: Alarcón se convirtió en todo lo opuesto que lo definía y adoptó los rasgos que él mismo había criticado y detestado hasta la fecha: se volvió conservador, monárquico y religioso a más no poder. Esa conversión no pasó inadvertida por nadie, y él mismo la reflejó en su novela más popular,


El escándalo es una novela que cuenta la historia −o mejor dicho, historias− de Fabián Conde, un joven madrileño que se alza como un Don Juan libertino. Fabián es bien conocido en la ciudad por sus correrías, pues es mujeriego, bebedor, ludópata, rico y atractivo, además de ateo y liberal. Su fama le precede y también su historial de conquistas. Su historia se nos presenta de forma fragmentada, en forma de una muñeca rusa distorsionada de la que hablaré más adelante. Por ahora nos centraremos en la trama. La novela da comienzo justo en medio de la celebración del Carnaval, el día en el que toda la población se libera de sus ataduras y el «pecado», en especial el de la carne, se apodera de la urbe. En medio de este festival de ensueño se encuentra Fabián, que trata de pasar desapercibido, pero no lo consigue. Todos los transeúntes que lo identifican lo señalan, lo llaman y se burlan de él. Los chismes que le conciernen están a la orden del día y es que nuestro protagonista es la comidilla de la ciudad. Fabián trata de ignorarles, pues tiene un objetivo muy claro: llegar al Convento de los Paúles. Una vez allí, Fabián solicitará una entrevista con el Padre Manrique, un jesuita bastante famoso y con al que pretende contarle lo que le ocurre y lo que ha desencadenado el «escándalo» que lo rodea, dando aquí comienzo a las diferentes tramas y subtramas de la novela, pues esta se vértebra en torno a una confesión, la que Fabián le hace el Padre Manrique y la que nos servirá para conocer toda su historia, repleta de adulterios, estafas, asuntos de honor y amoríos puros. Tales elementos prometen, ¿verdad?, pues no es así. Todo, absolutamente todo ha sido pasado por un filtro altamente moralizante que desde el primer minuto acaba por hacerte reír por lo inverosímil que es esta novela y, al finalizar la lectura, no puedes evitar pensar lo siguiente:



Así es. Alarcón se transformó en un fanático religioso, de esos que interpretan los textos «sagrados» al pie de la letra y que causan más mal que bien. Todo su contenido argumental es absolutamente irritante y hace agua por todos los lados. Vamos a ver, si resulta que Fabián es ateo, ¿por qué acude a un religioso? A lo largo de toda la novela y en los distintos intervalos que van interrumpiendo la confesión, se observa un enfrentamiento ideológico entre ellos que realmente no es tal. Este asunto falla, pues Fabián espera que el Padre Manrique le de las soluciones a sus problemas, pero él no está para eso, pues lo que Fabián necesita es un psicólogo, no un cura. Esto ya de por sí es inverosímil, y si además a eso le sumamos el hecho de que el Padre Manrique está empeñado en convertir a Fabián en creyente, su mera presencia allí ya está totalmente fuera de lugar −insisto: un ateo no busca a un cura−. El Padre Manrique defiende su postura y sobre lo bueno que es creer en Dios y dedicarle la vida con unos argumentos puramente intelectuales, incluso exponiendo los de los filósofos positivistas que atacaron al dogma y de quienes se burla abiertamente. Sin embargo, Fabián queda empequeñecido a su lado, pues él no es capaz de ofrecer argumentos de tal nivel frente a su oponente, lo que le empequeñece y desprende un alto nivel de imparcialidad por parte de Alarcón, quien remata su sentencia en boca del Padre Manrique dictaminando que el problema de Fabián es de consciencia, que en esta novela es Gabriela, la chica que él ama, y que sin consciencia uno no puede ser buena persona ni dormir tranquilo. Pero claro, solo los religiosos tienen consciencia. Los ateos no, y por ello son malos. Desde este mismo instante ya no puedes tomarte la novela en serio. Para Alarcón todos los filósofos positivistas, los ateos y los liberales son demonios y malas personas, pero los religiosos y conservadores son buenos. Ya, claro.

Excelente cartel de Yona1993 que define la novela.


El error que comete Alarcón es generalizar y no ser imparcial con lo que está diciendo. No por ser creyente eres buena persona y no por ser ateo eres un monstruo horrible. Hay de todo en ambos bandos, pero claro, el problema que tiene Alarcón no es que sea un creyente normal, algo respetable siempre y cuando tú respetes, el problema es que es un fanático, y los fanáticos, como ya se sabe, no respetan y no son para nada imparciales.

El conflicto planteado es inverosímil total, pues la conversión de ateo a creyente del protagonista es tan absurda e irreal como la del propio Alarcón, pues no se sostiene bajo argumentos sólidos ni de peso. Los juicios del Padre Manrique son además muy hipócritas, ya que todo lo que le aconseja a Fabián no se corresponde con la realidad que vivía la Iglesia por aquel entonces. Que alguien que pertenece a un sector que protestó cuando les arrebataron tierras, dinero y poder le diga a alguien que debe deshacerse de todo esto parece un chiste de muy mal gusto. El Padre Manrique está profundamente idealizado, igual que los otros dos personajes puros de la obra, Lázaro −nombre bíblico donde los haya− y Gabriela, que contrastan contra Fabián y su padre, Diego, Matilde y Gregoria o la madrastra de Lázaro, los «monstruos». La tesis de Alarcón falla desde el primer momento, pues el pretende ofrecer este mensaje que acaba siendo demolido enseguida. No es posible ir a confesarte si no crees. No es posible renunciar a todo porque te lo diga alguien a quien ni siquiera conoces y que pretende cambiarte. No es lógico que no sepas defender tu postura y que tú, que no te tomas lo que te dice el otro como una lucha ideológica, lo acabe siendo. La tesis está muy mal llevada y los personajes se contradicen entre sí y el Padre Manrique el primero, algo que se comprueba con el pasar de las páginas.
Convento de los Paúes.


La novela no me la tomo en serio y no solo me parece fallida en cuanto a tesis, sino que me parece insultante, pésima y, además, vacía. Pero una cosa hay que reconocer: la estructura narrativa es una maravilla. Alarcón tuvo muchos problemas en su vida, entre ellos el hecho de que la mayoría de sus compañeros de profesión, todos contrarios a ese fanatismo −creyentes incluidos− se encargaron de hundir su carrera literaria. Pero, además, estaba el hecho de que Alarcón había nacido «demasiado tarde», y con «demasiado tarde» vengo a decir que él era un romántico de los pies a la cabeza. El Romanticismo, corriente estética anterior al Realismo y al Naturalismo, está muy presente en su obra, y de hecho, Alarcón tuvo más de lo primero que de lo segundo, motivo por el que también fue muy criticado por sus compañeros. Ese Romanticismo, no obstante, se ve reflejado en el manejo de la estructura narrativa de la novela, siendo todo un absoluto y magistral ejemplo de cómo hay que escribir un libro, dejando al margen el abominable argumento de este. Alarcón tiene que contar muchas historias en la novela dedicadas a varios episodios de la vida de Fabián y de otros personajes, algunos muy alejados cronológicamente entre ellos, pero que Alarcón sabe hilar perfectamente. En cada libro −la novela se estructura en libros− se observa una o incluso más cronologías que se van conectando con la de los otros libros, empleando un gran trabajo de manejo temporal y de teoría narrativa. Odio la novela y eso ha quedado muy claro, jamás recomendaría su lectura, pero reconozco que si yo dirígese un taller de escritura y tuviese que enseñar a mis alumnos el manejo del tiempo y de la estructura narrativa, pondría esta novela como lectura para enseñar −menuda paradoja−. Es infumable a no ser que seas un@ fanátic@, pero sí tiene ciertos aspectos que hacen que merezca la pena echarle un vistazo. Pero, por lo demás, todo desechable.