lunes, 6 de abril de 2015

Mucho ruido y pocas nueces: El escándalo, de Pedro Antonio de Alarcón.



Título: El escándalo.
Autor: Pedro Antonio de Alarcón.
Año de publicación oríginal: 1875.
Editorial: Cátedra, reedición de 2013.
Páginas: 512.



Todo comenzó hace unos meses. Mi profesora de narrativa decimonónica nos ofreció una lista de varias novelas y, entre todos, deberíamos escoger las cuatro lecturas que trabajaríamos ese curso. Las novelas estaban estructuradas por etapas −inicio del Realismo, novela de tesis, novela naturalista y crisis del Realismo−. Lo más normal era escoger una de cada, por lo que ella nos habló de todas para que nosotros pudiéramos votar con conocimiento de causa. Entre las lecturas propuestas se encontraba El escándalo de Alarcón, dentro del segundo bloque. Nuestra instructora nos la vendió realmente bien, y es que el título ya de por sí prometía. La «venta» que nos hizo de ella fue bastante satisfactoria, pues nos prometió muchas cosas que luego no encontramos. Y es que El escándalo no solo se resume precisamente con «mucho ruido y pocas nueces», sino que, además, obtiene otra etiqueta casi similar, pero algo más peyorativa: Decepción, profunda decepción.

El escándalo se sitúa dentro de la ya aludida «novela de tesis», género que el mismo Alarcón inauguró en 1875 con la publicación de este texto. A lo largo de varios años vieron la luz muchas novelas de tesis de la mano de diversos autores, incluidos Galdós y Emilia Pardo Bazán, por citar a escritores ya conocidos en el blog. La novela de tesis es un género interesante, pues refleja la ideología de un autor con ciertos toques críticos y una lista de posibles soluciones para remediar el asunto sobre el que escribe. Sus orígenes fueron motivados sin duda alguna por los constantes cambios político-sociales que atravesó el país a lo largo del siglo XIX, desde el triunfo de la Revolución de La Gloriosa, pasando por la instauración de la Monarquía Democrática, la acatación de La Constitución por Amadeo I, la proclamación de la I República, la Restauración y los constantes choques con las instituciones religiosas iniciaron una vorágine de violencia y de alteración sociológica que alertó el espíritu de los intelectuales. En medio de este contexto, muchos de los autores más destacados publicaron una serie de obras expresando cada una distintos tipos de preocupaciones y la primera de ellas fue la que hoy nos ocupa.

Alarcón nació en el seno de una familia venida a menos y algo religiosa, pero sus pretensiones El escándalo. Y sí ya en él mismo esto resulta absolutamente incoherente, imaginaos en su novela…
Alarcón.
contrastaban con las de él, pues lo enviaron a un seminario −después de que tuviera que abandonar sus estudios universitarios debido a problemas ecónomicos− pero él pronto descubrió que aquello no iba con su persona, y es que Alarcón se definía asimismo como ateo, republicano y liberal. Dichos sentimientos le motivaron a participar en ciertas revueltas populares y pronto fue ampliamente conocido por esa faceta libertina y guerrillera, pero algo cambió. Alarcón fue retado a duelo por un hombre al que había ofendido públicamente y esto lo alteró hasta límites insospechados. Alarcón estaba seguro de que iba a morir, algo que él mismo confirmó cuando relató lo sucedido en el duelo, donde se le concedió el primer disparo que él erró bochornosamente. Su fin se acercaba, pero algo inesperado y «milagroso» ocurrió de pronto: su rival, su retador, se apiadó de él y le perdonó la vida. El suceso, ya de por sí incomprensible, desencadenó otro todavía más irreal: Alarcón se convirtió en todo lo opuesto que lo definía y adoptó los rasgos que él mismo había criticado y detestado hasta la fecha: se volvió conservador, monárquico y religioso a más no poder. Esa conversión no pasó inadvertida por nadie, y él mismo la reflejó en su novela más popular,


El escándalo es una novela que cuenta la historia −o mejor dicho, historias− de Fabián Conde, un joven madrileño que se alza como un Don Juan libertino. Fabián es bien conocido en la ciudad por sus correrías, pues es mujeriego, bebedor, ludópata, rico y atractivo, además de ateo y liberal. Su fama le precede y también su historial de conquistas. Su historia se nos presenta de forma fragmentada, en forma de una muñeca rusa distorsionada de la que hablaré más adelante. Por ahora nos centraremos en la trama. La novela da comienzo justo en medio de la celebración del Carnaval, el día en el que toda la población se libera de sus ataduras y el «pecado», en especial el de la carne, se apodera de la urbe. En medio de este festival de ensueño se encuentra Fabián, que trata de pasar desapercibido, pero no lo consigue. Todos los transeúntes que lo identifican lo señalan, lo llaman y se burlan de él. Los chismes que le conciernen están a la orden del día y es que nuestro protagonista es la comidilla de la ciudad. Fabián trata de ignorarles, pues tiene un objetivo muy claro: llegar al Convento de los Paúles. Una vez allí, Fabián solicitará una entrevista con el Padre Manrique, un jesuita bastante famoso y con al que pretende contarle lo que le ocurre y lo que ha desencadenado el «escándalo» que lo rodea, dando aquí comienzo a las diferentes tramas y subtramas de la novela, pues esta se vértebra en torno a una confesión, la que Fabián le hace el Padre Manrique y la que nos servirá para conocer toda su historia, repleta de adulterios, estafas, asuntos de honor y amoríos puros. Tales elementos prometen, ¿verdad?, pues no es así. Todo, absolutamente todo ha sido pasado por un filtro altamente moralizante que desde el primer minuto acaba por hacerte reír por lo inverosímil que es esta novela y, al finalizar la lectura, no puedes evitar pensar lo siguiente:



Así es. Alarcón se transformó en un fanático religioso, de esos que interpretan los textos «sagrados» al pie de la letra y que causan más mal que bien. Todo su contenido argumental es absolutamente irritante y hace agua por todos los lados. Vamos a ver, si resulta que Fabián es ateo, ¿por qué acude a un religioso? A lo largo de toda la novela y en los distintos intervalos que van interrumpiendo la confesión, se observa un enfrentamiento ideológico entre ellos que realmente no es tal. Este asunto falla, pues Fabián espera que el Padre Manrique le de las soluciones a sus problemas, pero él no está para eso, pues lo que Fabián necesita es un psicólogo, no un cura. Esto ya de por sí es inverosímil, y si además a eso le sumamos el hecho de que el Padre Manrique está empeñado en convertir a Fabián en creyente, su mera presencia allí ya está totalmente fuera de lugar −insisto: un ateo no busca a un cura−. El Padre Manrique defiende su postura y sobre lo bueno que es creer en Dios y dedicarle la vida con unos argumentos puramente intelectuales, incluso exponiendo los de los filósofos positivistas que atacaron al dogma y de quienes se burla abiertamente. Sin embargo, Fabián queda empequeñecido a su lado, pues él no es capaz de ofrecer argumentos de tal nivel frente a su oponente, lo que le empequeñece y desprende un alto nivel de imparcialidad por parte de Alarcón, quien remata su sentencia en boca del Padre Manrique dictaminando que el problema de Fabián es de consciencia, que en esta novela es Gabriela, la chica que él ama, y que sin consciencia uno no puede ser buena persona ni dormir tranquilo. Pero claro, solo los religiosos tienen consciencia. Los ateos no, y por ello son malos. Desde este mismo instante ya no puedes tomarte la novela en serio. Para Alarcón todos los filósofos positivistas, los ateos y los liberales son demonios y malas personas, pero los religiosos y conservadores son buenos. Ya, claro.

Excelente cartel de Yona1993 que define la novela.


El error que comete Alarcón es generalizar y no ser imparcial con lo que está diciendo. No por ser creyente eres buena persona y no por ser ateo eres un monstruo horrible. Hay de todo en ambos bandos, pero claro, el problema que tiene Alarcón no es que sea un creyente normal, algo respetable siempre y cuando tú respetes, el problema es que es un fanático, y los fanáticos, como ya se sabe, no respetan y no son para nada imparciales.

El conflicto planteado es inverosímil total, pues la conversión de ateo a creyente del protagonista es tan absurda e irreal como la del propio Alarcón, pues no se sostiene bajo argumentos sólidos ni de peso. Los juicios del Padre Manrique son además muy hipócritas, ya que todo lo que le aconseja a Fabián no se corresponde con la realidad que vivía la Iglesia por aquel entonces. Que alguien que pertenece a un sector que protestó cuando les arrebataron tierras, dinero y poder le diga a alguien que debe deshacerse de todo esto parece un chiste de muy mal gusto. El Padre Manrique está profundamente idealizado, igual que los otros dos personajes puros de la obra, Lázaro −nombre bíblico donde los haya− y Gabriela, que contrastan contra Fabián y su padre, Diego, Matilde y Gregoria o la madrastra de Lázaro, los «monstruos». La tesis de Alarcón falla desde el primer momento, pues el pretende ofrecer este mensaje que acaba siendo demolido enseguida. No es posible ir a confesarte si no crees. No es posible renunciar a todo porque te lo diga alguien a quien ni siquiera conoces y que pretende cambiarte. No es lógico que no sepas defender tu postura y que tú, que no te tomas lo que te dice el otro como una lucha ideológica, lo acabe siendo. La tesis está muy mal llevada y los personajes se contradicen entre sí y el Padre Manrique el primero, algo que se comprueba con el pasar de las páginas.
Convento de los Paúes.


La novela no me la tomo en serio y no solo me parece fallida en cuanto a tesis, sino que me parece insultante, pésima y, además, vacía. Pero una cosa hay que reconocer: la estructura narrativa es una maravilla. Alarcón tuvo muchos problemas en su vida, entre ellos el hecho de que la mayoría de sus compañeros de profesión, todos contrarios a ese fanatismo −creyentes incluidos− se encargaron de hundir su carrera literaria. Pero, además, estaba el hecho de que Alarcón había nacido «demasiado tarde», y con «demasiado tarde» vengo a decir que él era un romántico de los pies a la cabeza. El Romanticismo, corriente estética anterior al Realismo y al Naturalismo, está muy presente en su obra, y de hecho, Alarcón tuvo más de lo primero que de lo segundo, motivo por el que también fue muy criticado por sus compañeros. Ese Romanticismo, no obstante, se ve reflejado en el manejo de la estructura narrativa de la novela, siendo todo un absoluto y magistral ejemplo de cómo hay que escribir un libro, dejando al margen el abominable argumento de este. Alarcón tiene que contar muchas historias en la novela dedicadas a varios episodios de la vida de Fabián y de otros personajes, algunos muy alejados cronológicamente entre ellos, pero que Alarcón sabe hilar perfectamente. En cada libro −la novela se estructura en libros− se observa una o incluso más cronologías que se van conectando con la de los otros libros, empleando un gran trabajo de manejo temporal y de teoría narrativa. Odio la novela y eso ha quedado muy claro, jamás recomendaría su lectura, pero reconozco que si yo dirígese un taller de escritura y tuviese que enseñar a mis alumnos el manejo del tiempo y de la estructura narrativa, pondría esta novela como lectura para enseñar −menuda paradoja−. Es infumable a no ser que seas un@ fanátic@, pero sí tiene ciertos aspectos que hacen que merezca la pena echarle un vistazo. Pero, por lo demás, todo desechable.

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